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Empiezo por aclarar que soy estudiante de Economía en la Universidad Católica Andrés Bello y que actualmente me encuentro haciendo un curso en el Summer School del London School of Economics and Political Science. De estas experiencias, mis próximas líneas.

Recuerdo del colegio como muchas veces mis compañeros (me incluyo en ocasiones) se quejaban de que los obligaban a ir al colegio, que no querían ir; recuerdo como se inventaban excusas para no ir al colegio o salir antes. Incluso me acuerdo de aquellas traviesas “fugadas” de clase y como uno recuerda “la lista” en un estilo cuasi-militar que se impartía en las aulas. Al llegar a la universidad todo cambia. Ahora, “uno depende de sí mismo”, hace lo que considera correcto y empieza a asumir más responsabilidades por sus actos y en general se siente uno más independiente. Las clases en la universidad, a diferencia del colegio ya no son obligatorias y uno asiste a su propia discreción.

Sin embargo, me asombró muchísimo este año ver como los alumnos asistían menos y menos a las clases para hacer cualquier otra cosa y, curiosamente,  para estudiar para el examen de esa materia. Simplemente agarran los apuntes de una buena compañera que sí se aguanta todas las clases y estudian absolutamente todo por algún libro y listo. Esto no es algo nuevo, lo que sí sorprende es la cantidad de gente que lo hace. Me pregunto entonces: para que están las clases? De 7 materias a lo largo del año, el grueso de la gente solo entraba a 2. De 55 (aprox.) estudiantes que cursaban macro, llego el punto que a la clase no asistían más de 5. Se volvió evidente que no hace falta venir a clase para aprobar una materia e incluso, salir bien.  Pierde un poco de sentido el hecho de ir a la universidad si igual puedo resolver todo en casa. Si bien en Venezuela pasamos un estado de apatía y conformismo increíble por parte de la población (sin excluir a la juventud), pienso que no se están dando los incentivos correctos en la educación superior para diferenciar una universidad de cualquier lugar donde simplemente me digan que debo leer. ¿Es este fenómeno es causado solamente por los profesores o tienen que ver también los propios estudiantes?

Para mí la respuesta es que hay de parte y parte. Me ha sorprendido mucho que en LSE en un curso de finanzas me he encontrado con que el fenómeno se repite, si bien con mucha menos intensidad. En un curso de apenas 3 semanas, los días antes del primer examen, muchos de mis compañeros cambiaban las aulas de clase por las de la biblioteca para estudiar por libros lo que el profe da en clase; total, el material a evaluar está ahí. No entiendo por qué hacer todo el esfuerzo de pagarse un curso en LSE y llegar hasta Londres para no asistir a lo que diferencia a LSE del resto: sus clases.

Los profesores deben cambiar la manera de dar clases. En un mundo tan rápido, interactivo y cambiante, no pueden simplemente dar las clases recitando un libro y apegándose al mundo estrictamente teórico. Si no hay diferencia entre la clase y el libro, evidentemente los incentivos para asistir a esa clase serán muy bajos; los libros son sumamente importantes y si deben contener el contenido núcleo de la materia pero el profesor debe ir más allá. Un buen profesor debe dar una visión de aplicabilidad a la materia, hacerla tangible, sembrar hambre de conocimiento y enamorar al alumno de la materia. Si el profesor es bueno y sabe cómo enfocar una materia de manera que se quede en la memoria más allá de un examen, sus clases estarán llenas y su objetivo, el transmitir el conocimiento, mucho mejor entregado.

Sin embargo, nada vale un excelente profesor si los alumnos no son buenos. Buena parte del alumnado busca simplemente “salir de eso” para graduarse y tener el diploma que lo certifique; sin fijarse mucho en lo que está viendo y haciendo las cosas cumpliendo siempre con lo mínimo requerido. La ley del mínimo esfuerzo  en su máximo exponente. Muchos estudiantes (al menos en Economía) no están en la carrera que quieren estar y tampoco se ven motivados a ir a clases de algo que “no es lo suyo”. A los estudiantes: no se engañen, al que no le gusta que se cambie o que no estudie y será mucho más feliz porque ya no tienen que lanzarse el viaje a la universidad ni las interminables horas de estudio. Lo mismo para la gente que viene a otro país a hacer un curso, si sabes que no le vas a prestar atención y que en clase la única optimización que buscan es la del Facebook, no vengan. No le quiten el cupo a alguien que si le va a sacar provecho, alguien que si está interesado en lo que tienen para ofrecerle.

Espero que así como los jóvenes estamos explotando la tecnología 2.0 para hacer más eficiente y profundo nuestro estudio, los profesores logren montarse en esta ola y puedan generar una clase que de incentivos para que la gente sí vaya a la universidad. A los estudiantes, sincerémonos.