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Si eres un lector de Caracas, con toda probabilidad debes odiar el tráfico de nuestra ciudad. La cola es algo que está en nuestro día a día, que condiciona como planificamos nuestra jornada, impacta nuestra eficiencia y –en muchos casos- afecta nuestro estado de ánimo.

Hemos llegado al punto donde uno sale sabiendo que hay cola y se prepara para ella. He visto como la gente –me incluyo- tiene desde botellitas de agua y algún tentempié para la cola hasta libros que solo se leen en las colas. Hay otros que retan a la inseguridad de nuestros amigos en dos ruedas y hacen cualquier cantidad de llamadas para no retrasarse en su trabajo o actividad que estén haciendo. Otros simplemente dejan de hacer cosas o ven pasar oportunidades simplemente por la cola.

Podemos afirmar que hemos aprendido a cómo aprovechar la cola de la mejor manera posible, pero son raros los casos en los cuales se piensa en cómo ayudar a evitar la cola sin que esto signifique “tomar los caminos verdes” o salir a horas donde haya menos cola. Sé que quizás pienses  que es imposible porque no hay suficientes vías para la cantidad de carros que hay, que cuando llueve todo se inunda, la quincena, los motorizados atropellados, las gandolas que se voltean y todas las posibles explicaciones que tenemos para justificar por qué hay cola.

Todas las justificaciones tienen su grado de razón y contribuyen a la formación del infernal tráfico caraqueño, pero hay un aporte al tráfico que es hacen por los propios ciudadanos: la circulación por el hombrillo. Es evidente que si hay un canal de emergencia , también conocido como “el hombrillo”, es justamente para eso: emergencias. Los caraqueños con la típica creencia venezolana de que el que “no es vivo es pendejo” abusa del hombrillo para avanzar unos cuantos metros y después integrarse nuevamente a los canales regulares y generar un embudo, peleas entre los conductores y contribuir con el tráfico de las vías y la hostilidad de los conductores.

Con lo terrible que es el tráfico, lo que hacemos al conducir por el hombrillo es empeorarlo y es algo que, lastimosamente, no es mal visto por nosotros mismos y lo hemos aceptado como una realidad. Están los esporádicos casos donde las autoridades (GN o policías municipales) tienen que invertir su tiempo en pararse en el hombrillo para obligar a los ciudadanos a comportarse ….como ciudadanos!

Hace poco decidí no aceptar el abuso como mi realidad y enfrentarla. En la autopista (especialmente de Prados del Este a La Trinidad) me pongo a manejar por el hombrillo pero al mismo nivel que tenía en el canal del que vengo para evitarle el paso a la gente que pretende usar el hombrillo para luego colearse. Este pequeño experimento trajo interesantes consecuencias entre las cuales rescato las siguientes:

1)      La mayoría de los conductores que pretendían usar el hombrillo insultan, gritan y tocan corneta incansablemente hasta aceptar que no podrán pasar.

2)      Aquellos que logro ver después suelen seguir insultándome

3)      La gente del canal de al lado, al darse cuenta de lo que estoy haciendo “me guardan el puesto” y no ponen resistencia al momento que me toca reintegrarme al canal correcto

4)      Siempre que le pregunto a la gente que maneja por el hombrillo (ocurre cuando hay cola) si no les parece que están abusando, ninguno me lo refuta, por lo que es claro que los propios infractores saben que está mal.

5)      Cuando dejo de trancar el hombrillo hay veces donde otros vehículos deciden trancar el hombrillo para seguir contribuyendo al tráfico.

El hecho de que la gente entienda y sepa que está mal circular por el hombrillo implica que no es algo que no hay que enseñar pero hay que idearse los mecanismos para que la gente cumpla lo que ya sabe. Quizá trancando el hombrillo haga que poco a poco la gente empiece a tomar conciencia, quizá comentarlo más en la calle, la respuesta no la tengo pero sí sé que hay una manera en la que puedo contribuir al tráfico de mi ciudad y a generar cultura ciudadana.

Me cansé de “esperar el cambio”, preferí empezarlo yo. Tú que esperas?