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Recientemente estuve leyendo un tema de esos que fácilmente pudiesen ser de los famosos #firstworldproblems : la obesidad. El enfoque de la lectura era académico y de cómo los incentivos en una determinada sociedad pueden hacer que la obesidad –aunque suene contra intuitivo- sea racional y…más barato.

Sin embargo, como suele ser ya costumbre, uno tropicaliza los problemas y lo que uno lee del mundo desarrollado para ver cómo sería la cosa aquí o como es. El turno esta vez fue de la obesidad, en un país donde pensamos primero en una miss Venezuela que en el prototipo (por favor no ofenderse) del macho vernáculo –gordo- maracucho, siendo este segundo una realidad –lastimosamente para nosotros los hombres- que la primera.

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Cómo nos afecta la obesidad? Entre migraciones ilegales del CNE, inundaciones, viendo cómo sacar CADIVI o simplemente como estirar ese quince y último, vamos dejando de lado algunos detalles que no son urgentes pero sí son importantes. Uno de ellos, más allá de la apariencia, es nuestro peso.

Cómo yo, estoy seguro que muchos de nosotros bajaremos la mirada y veremos algo que hasta hace no mucho estaba ahí: una barriguita. Las razones para la aparición son varias: un aumento en la frecuencia a eventos sociales con irresistibles tequeños, la morcilla es genial, cambiamos el confleis por la empanada,  le agarramos el gustico a la Polar, que estamos muy ocupados o que simplemente dejamos de hacer 

ejercicio.

Como dice mi hermano, el que es gordo hoy en día es porque quiere o porque no tiene internet. Todos sabemos que tenemos que comer de manera más saludable o aumentar el ejercicio que hacemos. Es en este segundo punto donde empieza la tropicalización de la obesidad.

En mi proceso para bajar la pansa he recorrido a aumentar la frecuencia con la que hago ejercicio, algo que por el ritmo de vida que llevo, ha quedado para las noches. No soy un gran fan de los gimnasios, por lo que siempre decido trotar y es aquí donde me encuentro con el gran problema de cualquier caraqueño: la inseguridad. Sin darnos cuenta, los espacios para trotar son muy reducidos a causa del gran temor que le tenemos a nuestras propias calles; más aún en las noches. Cada vez que digo que trotaré por la 

Fransisco de Miranda o por Sábana Grande después de las 9 de la noche, recibo múltiples comentarios de que estoy loco o tentando a la suerte. 

Más allá del trote, es también por la inseguridad (y un pésimo transporte público) que rara vez caminamos 

(me refiero a un pequeño círculo social) teniendo la opción de ir en carro. Distancias tan cercanas como del Sambil al San Ignacio las hacemos en trayectos de hasta 1 hora en tráfico pudiéndolo caminar en 10 minutos (además mucho más agradable).Esto en gran parte por la distorsión en la que vivimos en la que, para muchos, caminar por las calles es una cosa sumamente insegura y totalmente descartable. Razones no faltan, por ejemplo, yo he sido asaltado 4 veces en el municipio más seguro (Chacao) mientras estaba caminando por zonas además consideradas seguras.

Y es así como cada vez vamos cediendo más espacios a la inseguridad y poco a poco nos volvemos más sedentarios y gorditos sin darnos cuenta y pronto llegaremos al punto donde las crecientes colas y la implacable inseguridad harán que nos miremos abajo y veamos como nuestra amiga, la barriguita, cada vez crece más y más.