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jovenes en jaqueEscribo en estas líneas lo que creo muchos pensamos y pocos decimos; al menos en la Venezuela privilegiada en la que yo y probablemente todos mis lectores nos movemos.

Ser joven en Venezuela es jodido. Sobre todo si uno se compara con cómo es ser joven en cualquier otra parte del mundo, incluso Latinoamérica.

Hace ya casi  cinco años tuve que tomar una de las decisiones más difíciles de mi vida: emigrar o quedarme para mis estudios de pre-grado. Una inmensa cantidad de mis compañeros se decidieron por lo primero y es imposible juzgarlos, culparlos o no pensar que tomaron una decisión “correcta”.

La inseguridad marca nuestra vida en todas las formas posibles, nos encontramos con unas cadenas impuestas por nosotros mismos ante el miedo de ser  protagonista de esos cuentos de secuestro o asesinatos que no solo vemos en prensa sino que escuchamos en los  círculos que frecuentamos. La libertad que tenemos de espíritu no la podemos transformar muchas veces en nuestro propio estilo de vida, al menos no sin el riesgo de que te atraquen o secuestren. Nuestras noches de paseo por las plazas las vivimos en HBO, no en la Plaza  Bolívar. Somos unos excelentes analistas de riesgo  la contingencia y nuestras salidas cuentan con un previo análisis de posibles contingencias que termina dictándonos, muchas veces, que es mejor quedarnos en casa antes de salir a algo que puede ser “peligroso”. No solo es la inseguridad, es la economía, la sociedad, la política…es el país

Cargamos con la irresponsabilidad de varias  generaciones que nos precedieron y  con la negligencia y el odio de la actual,  en el que se le dio la espalda a un desarrollo que estaba a nuestras puertas y donde se ha generado una cantidad de distorsiones y desequilibrios que comprometen de manera alarmante nuestro futuro y el de la democracia; que por cierto, pareciéramos ser los únicos interesados en defenderlo.

Es normal que en nuestros 20’s nos queramos comer  el mundo y soñemos y experimentemos que queremos hacer con nuestro futuro. Los 20’s son la década  en la que sentimos  ya uno debería conseguir un buen trabajo y  -finalmente- independizarse económicamente de sus padres sin sufrir un descalabro abismal en nuestro estilo de vida. Esto es así en buena parte del mundo, sobre todo el desarrollado. En Venezuela, otro gallo canta.

Aspirar a comprarse un carro o un apartamento por tus propios medios, sin tener una caída significativa en tu estilo de vida, es cercano a imposible. No solamente nos encontramos ante unos precios astronómicamente altos, donde un carro como un Corsa te puede costar hasta más 100 sueldos mínimos ( sí, más de 8 años de sueldos mínimos) y los apartamentos tienen cifras que son, simplemente, inalcanzables. Así pues, aspirar a una independencia económica de tus padres es algo realmente complicado para la gran mayoría de nosotros. Los sueños se logran con planificación y hacer eso con una inflación anual del 30% es sumamente complicado, especialmente si tu sueldo no aumenta de la misma manera y si no tienes  formas efectivas de proteger tus ahorros de “joyitas” como las devaluaciones que tenemos cada  uno o dos años.

Planificar se vuelve aún más complicado cuando ingresas la variable del mercado laboral. Si dices que aspiras a un sueldo de 10.000 Bs (1587$ a tipo oficial y como 400$a un estimado del paralelo) te catalogan poco menos que de engreído y ambicioso y el promedio de lo que consigues en tus primeros trabajos está bien por debajo de eso.  ¿Cómo puedes soñar aspirar a un vehículo, un apartamento, levantar capital para tu propio negocio o simplemente poder darte pequeños placeres y lujos con un sueldo de 6.000 Bs? La brecha es abismal y la oferta laboral suele ser muy mal pagada y   se vuelve cada vez más escasa. Hay varias ramas que en nuestro país simplemente han dejado de existir o quedan a un mínimo, casi ridículo. Un ejemplo claro son las ilegalizadas Casas de Bolsa, grandes consultoras como McKinsey o simplemente empresas como Agroisleña que, para nuestros efectos,  desaparecen o emigran.

Anhelar a ser independientes económicamente, sin que te ayuden familiares o amigos, es todo un reto y una  Odisea que pocos logran, aún con estudios de postgrados y varios años de experiencia laboral encima. Aspirar a lo que nuestros padres podían  querer ha quedado, en la mayoría de los casos, fuera de nuestro alcance. Las décadas pérdidas y un futuro decadente son la triste cruz que toda una generación debe cargar. No es de impresionarnos que buena parte de  nosotros decida emigrar en busca de  trabajo para progresar y no simplemente para mantenerse.

En Venezuela parece que mantenerse se ha vuelto la aspiración y el progreso queda meramente como un sueño casi utópico…