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ucabistasTodo “representante estudiantil” quiere una mejor Venezuela, igualito que cualquier político por el cual votamos en el parlamento, la alcaldía, gobernación o presidencia. Hay diferencias en el camino, en las metodologías, los procesos y las ideologías pero todo representante del “pueblo” –aunque este “pueblo” sean los alumnos de un campus- busca básicamente mejorar su entorno.

Mucho se ha hablado de cuál ha sido el legado que nos ha dejado el difunto presidente y creo que, lastimosamente, lo puedo ver en mi entorno más cercano y al cual pertenezco: la universidad y específicamente en las personas que deberían ser los principales agentes de cambio. La calidad de los estudiantes es cada vez más baja y el sufrimiento de profesores al ver como el porcentaje de reprobados aumenta escandalosamente es completamente justificado, más aún cuando la actitud de varios estudiantes es de una irreverencia irrespetuosa y una carencia de valores que no son más que el reflejo de una sociedad que lleva años enfrentada y rara vez organizada para un beneficio común.

Un legado que ha calado en todas las capas de la sociedad, con la inclusión de valores y actitudes antes poco deseables y sobretodo una distorsión entre el deber ser y lo que es de manera notable. Los representantes estudiantiles no somos ajenos a esto y en muchos casos somos el reflejo de una formación en años donde la paz y la cooperación fueron únicamente una excusa electoral. Hemos aceptado y fortalecido distorsiones en una pequeña escala universitaria que vemos existen fuera de ella; la ley del mínimo esfuerzo está a la orden del día, las “luchas” por “poder” (si es que se puede hablar de “poder”) y la utilización de una palestra para diversos fines han hecho que mejorar nuestro entorno quede en un plano secundario.

Hablamos de que representamos a la futura élite intelectual del país pero raras son las veces que emprendemos proyectos que profundicen el conocimiento; hablamos de la voz del estudiantado pero son pocas las veces que preguntamos seriamente que piensan nuestros representados y criticamos un gobierno que presenta muchos de los vicios de los cuales hacemos gala. Con simplemente ir a los consejos nos sentimos conformes e incluso sin ir a varios consejos no dudamos en cargar el título de “consejero” con orgullo. La ley del mínimo esfuerzo nos sirve bien pues igual nuestro currículo eso no lo refleja; criticamos con potencia pero proponemos con silencio y apuntamos a hacer cambios pero nunca con un horizonte temporal que pase de “nuestra gestión”.

No pelamos el cargo para intentar impulsar cambios políticos a nivel nacional, pero se nos olvida que representamos los estudiantes ante un consejo de la universidad. Nos hemos acostumbrado a entregar gestiones sin cambios en nuestro entorno donde somos verdaderos y legítimos agentes de cambio y los votantes a siquiera esperar algo distinto a ello.

Si queremos hacer política de verdad y pensar en construir país, debemos empezar por hacerle honor a nuestro cargo y dar el ejemplo en casa de lo que se debería hacer afuera. Predicamos una excelencia y unos valores que raras veces sabemos aplicar en el propio entorno que tenemos para demostrar en hechos el significado de esas palabras.

Llego la hora de dejarse llevar siempre por lo urgente y no olvidarse de lo que es importante: cumplir con nuestro objetivo y compromiso de mejorar nuestro entorno.