Tags

, ,


psuv-vs-mud-635Venezuela cumplió en abril pasado con un cambio de gobierno por primera vez en 14 años. Es cierto que el poder pasó de Chávez a uno de sus sucesores pero para muchos que no hemos –con memoria suficiente- vivido un cambio de gobierno, así sea superficial, fue algo nuevo. El país ha estado sumido por más de una década en una intensa polarización en dos campos enfrentados y aparentemente irreconciliables. Después de años de una visión principalmente electoral de la política, y ante las circunstancias actuales, me he venido cuestionando si la clase política del país, entiéndase tanto los dirigentes de la Unidad como los del PSUV y sus aliados, está llegando a un punto de saturación y rechazo por parte de la ciudadanía.

Por ejemplo, hace una semanas la encuestadora Hinterlaces, de tendencia chavista, reveló en uno de sus últimos estudios, donde se indicaba que después de la muerte del presidente Chávez el país estaba viviendo un proceso de despolarización generado por el descontento de la gente con la conflictividad política y, en general, por los problemas de la nación. Para afirmar este punto me referiré a Nicmer Evans, politólogo oficialista, quien un reciente artículo titulado “El GPP y la MUD tienen algo en común” argumenta que estas dos gigantescas alianzas de partidos le han dado la espalda a las bases.

Por un lado, el GPP incumplió con su promesa de elecciones primarias optando por un sistema de “cooptación democratizada”. Por el otro lado, la MUD no está dispuesta a actualizar, con otras nuevas elecciones, las candidaturas electas en las primarias de Febrero de 2012. Finalmente, hace unos días, el reconocido empresario y periodista Leocenis García anunció que impulsaría una propuesta para convocar a una Constituyente, bajo la consigna  “que se vayan todos” y para ello se dará a la tarea de recolectar firmas.

Evidentemente hay señales que pudieran sugerir una extenuación por parte de la sociedad venezolana de sus políticos ante una coyuntura que no parece llevar a Venezuela a ningún lado. Personalmente, me siento poco representado por la clase política opositora. Hay pocos políticos en los que creo y tengo puestas mis esperanzas. Ahora bien, me desagradan muchos actores políticos actuales no porque sean corruptos, ineficientes o poco preparados (cosas que son difíciles de comprobar a distancia) sino por la dinámica propia de la política venezolana.

La política en Venezuela está cargada de insultos, descalificaciones, banalizaciones. La clase de los discursos políticos actuales son penosos, simples y desprovistos de contenido. Los debates (si se les puede llamar así a echarse gritos en el parlamento o confrontar ideas a través de los medios de comunicación) se limitan a una discusión infantil en la que yo tengo la razón de todo y tu nada y viceversa. Este penoso escenario es complementado con las presentaciones de grabaciones, juicios políticos de todo tipo (caso Mardo, caso Falcón) y otras prácticas políticas orientadas a envilecer el ambiente político. Todo esto producto de un cuestionamiento a modelos de vida completamente opuestos (capitalismo vs socialismo) que no admiten puntos medios ni negociaciones (de allí a que el diálogo no sea hoy por hoy una opción).

A mi juicio, la vida política del país se ha tornado tan primitiva. Un simple juego de ver quien grita más y quien es más “arrecho”. De hecho, casi siempre se llega a la insensatez de criticar por criticar sin fundamentos. Por ejemplo, el gobierno plantea un Plan de Seguridad y la respuesta automática de la oposición es “no sirve”. La misma dinámica ocurre en sentido opuesto.

Ante esta realidad, pudieran generarse espacios aunque dudo que esto ocurra en el corto e incluso mediano plazo, para que propuestas como la de Leocenis, o más organizadas en la forma de una tercera fuerza política, emerjan en el país para suplantar a los dos polos tradicionales de polarización, desprestigiándolos. Mi temor es que si eso sucediera podría retornar al país el espíritu de anti-política y anti-partidos que plagó la década de los 90 y nos trajeron como resultado a Chávez.

La política pudiera ser nuevamente concebida (si es que ya no lo es) como una actividad corrupta e inmoral y por lo tanto sentar las bases para nuevas soluciones mesiánicas. ¿Será desplazada la clase política actual del país? No lo sé, pero su éxito o fracaso dependerá de las estrategias que empleen para conectarse con la ciudadanía en todos sus aspectos y  reforzar su imagen; y por supuesto dependerá también del liderazgo y la dirección que ejerzan sus dirigentes para lograr lo anterior y ganar prestigio.

Lo que no dudo ahora, es que todos en cierta medida estamos hartos de la conflictividad política y no es descabellado pensar que si las élites políticas no cesan la confrontación, moderan sus posturas y abren las puertas para la negociación ( sí, concepto aborrecido actualmente, pero en todas las democracias se negocia, es lo natural cuando hay posiciones confrontadas) entonces la gente, cada vez más asfixiada, verá con buenos ojos propuestas que les permitan salir de los políticos actuales hacia una realidad desconocida pero diferente.

Mi deseo es que no sea necesario llegar hasta tal extremo porque presiento que para entonces las soluciones que ofrecerán al país esas “nuevas” fuerzas políticas apuntarán más a perpetuar el revanchismo y la venganza política que la conciliación y el entendimiento, lo que nos llevará nuevamente a la coyuntura que hemos vivido durante estos 15 años y finalmente a mayor atraso y subdesarrollo del país. No es sorpresa que el periodo de más prolongada paz y desarrollo en el país (1958-1998) fue producto de un acuerdo nacional entre todos los sectores de la sociedad venezolana que entendió que las diferencias podían resolverse pacíficamente a través de los partidos, la política, el diálogo y la negociación.

Marcus Golding