El imperio bizantino es la denominación que comúnmente se le da a aquel trozo del imperio romano que no “cayó” o mejor dicho no se disolvió. A partir de entonces, podríamos decir que la relación de lo que sería Europa con Constantinopla fue en el mejor de casos el de una tensión tolerable. Después de la famosa caída de esta ciudad en 1453 a manos de los otomanos, la grandeza de este imperio pareció fenecer y desde entonces, en mi opinión, Occidente ha tenido una actitud de desconocimiento por diversas razones hacia esta civilización. Valga decir que considero se perdió es el conocimiento y la comprensión sobre la sociedad bizantina, sus costumbres y sobre todo los rasgos comunes que ha podido tener con los occidentales. Sin duda que su aporte cultural, a través de la preservación y enriquecimiento de la cultura grecolatina, fue fundamental para la Europa renacentista y el florecimiento del saber clásico.

Quizá es ahí donde podríamos identificar la primera gran deuda que tenemos con Bizancio. Es innegable que muchos textos latinos y sobretodo griegos fueron recuperados por Occidente a partir de las visitas de eruditos bizantinos a las cortes de Venecia o Génova a partir del siglo XI en adelante y posteriormente con la diáspora de refugiados a consecuencia de la disolución del Imperio. Entre esos aportes valiosos para la cultura occidental está nada más y nada menos que las obras de Platón y su filosofía que marcarán el porvenir de la filosofía moderna hasta nuestros días. Otro aporte, menos resonante pero igual de importante es la incorporación a nuestro comedor del tenedor, un objeto que, según Judith Herrin, ya había sido inventado por los romanos. De esa manera y, pasando por diversas áreas del conocimiento humano como el derecho o el militar, Bizancio le legó a nuestra civilización un saber invaluable tanto práctico como teórico que ha definido nuestra cultura de manera determinante.

Sin embargo la deuda más importante desde mi punto de vista tiene que ver con la existencia geográfica de Bizancio como tal. Desde que el imperio romano se dividió y una parte desapareció, la oriental quedó ubicada entre Europa y el Medio Oriente. Esta particularidad es de una importancia trascendental porque mientras Bizancio estuvo allí existió un obstáculo y una barrera frenando la expansión islámica. Los siglos del VI al XI de nuestra era fueron particularmente convulsos para Europa. A la “caída” de Roma un nuevo periodo de confusión e inestabilidad política se abre en ese continente. Recordemos por otro lado que con la dinastía Omeya el islam en el siglo VII se extiende desde Egipto hacia el oeste penetrando la península ibérica y por el noreste por el Medio Oriente y parte de Anatolia.

Las consecuencias fueron peligrosas en Occidente ya que prácticamente, lo que hoy es España, cayó ante las armas árabes, que prosiguieron hasta ser frenados por los francos en el año 732. Sin embargo, el islam puso su huella en la península ibérica por un buen tiempo. Por oriente la historia fue otra. Constantinopla se erigió como un muralla infranqueable, fue sometida a varios asedios, a largas campañas de incursiones árabes, incluso a batallas donde el mismísimo emperador fue derrotado y capturado por las fuerzas del Corán (Manzikert, 1071) y no obstante ahí se mantuvo inamovible. Es cierto que con el tiempo perdió territorios pero su integridad militar le permitió mantenerse viva y de esa manera fue posible que Europa, en periodo de gestación, pudiera desarrollarse y reorganizarse geopolíticamente para ser lo suficientemente fuerte como para valerse por sí misma.

Esa es precisamente la tesis principal que sostiene la profesora Herrin de la King´s College de London en su libro, Bizancio: El Imperio que hizo posible la Europa moderna, quien subraya que a lo largo de los siglos que duró el imperio, este suscitó de manera resumida en Occidente dos reacciones: Maravilla y admiración pero también arrogancia y un complejo de superioridad hacia Constantinopla debido a prejuicios estereotipados sobre ciertas costumbres bizantinas. Quizá por ello en primera instancia Europa no pudo comprender y entenderse mejor con Bizancio que, al fin y al cabo, ambos formaban parte del mismo bando, el del cristianismo, en un mundo donde esta fuerza y el islam reclamaban la supremacía espiritual. Posteriormente, cuando el imperio bizantino se disuelva las puertas para el conocimiento de la civilización bizantina quedaron cerradas para Europa debido al control otomano. Puede que por eso Bizancio pueda parecernos como una civilización exótica y que poco tiene que ver con nuestra cultura.

Primera caída de Constantinopla

En todo caso hay un hecho particular que me parece lamentable y que infligida por Europa le causó a Bizancio una herida mortal la cual facilitará su caída posterior. Durante las Cruzadas tanto el Oriente como el Occidente cristiano trabajaron como aliados en su tarea de llevar la guerra santa al islam y liberar tierra santa; Como he dicho, fueron muchas las ocasiones en las que hubo fricciones importantes entre ambos. Sin embargo, la mayor humillación que enfrentaría Bizancio no vendría de sus enemigos musulmanes sino de sus aliados europeos. Durante la Cuarta Cruzada los cruzados decidirán (por motivos mayoritariamente monetarios) asediar a sus aliados y finalmente tomar control de la ciudad. Expulsadas las autoridades bizantinas e impuesto un nuevo “Imperio Latino” que durará escasos años (1204-1261), se inicia un periodo de desarticulación y dispersión política bizantina que no terminará con su civilización, de hecho la misma supo responder muy bien al ataque directo al corazón que representó la toma de Bizancio a través de la creación de pequeños imperios regionales de entre los cuales, el imperio de Nicea, saldrán las fuerzas bizantinas necesarias para retomar Constantinopla y reanudar la existencia del Imperio Bizantino. Sin embargo, a partir de entonces las cosas no serían ya las mismas, Bizancio iniciaría un declive progresivo, perdió grandes territorios con la creación de los mini imperios y el avance del islam que afectó la recaudación de impuestos haciendo mella en su economía. Cada vez pasó a depender más de la ayuda europea para repeler los ataques otomanos pero ni siquiera entonces pudo Europa prestarle la ayuda necesaria para salvarla de la extinción.

De esa manera el último rastro de Roma, porque sí eran romanos, ese era su gentilicio, desapareció. Por lo dicho pienso que ahora sería un buen momento para que Occidente repague su deuda hacia Bizancio y que mejor manera de hacerlo que redescubriendo su cultura, estudiando su sociedad y reconociéndole no solo la importancia que jugaron en permitir el desarrollo de Europa geográfica y también culturalmente sino también remarcando los puntos que nos unieron. Afortunadamente, ese proceso parece estar en marcha a nivel académico pero falta que ese conocimiento permee al público en general.