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Para que un país progrese, no basta con la voluntad individual de unos cuantos, miles o incluso quizá cientos de miles. Es necesario que como sociedad, la gran mayoría de las personas que la componen tengan entre ceja y ceja progresar, algunos más enfocados en el progreso personal y otros quizá más en el social; pero todos apuntando juntos al progreso.

Es condición necesaria, más no suficiente, para poder pensar en el progreso, tener unas necesidades básicas satisfechas, es decir, puedo pensar en progresar si tengo garantizado el sobrevivir. No puedo pensar en planificar una semana si no tengo certeza en cómo resolver el día. Se hace complicado pensar en objetivos a mediano plazo si a duras penas puedo lidiar con el corto plazo. La comida va antes que la lectura, y está bien que sea así.

Cuando escuchamos a los economistas mencionar la famosa “estabilidad macroeconómica” a los abogados decir “hay que recuperar la institucionalidad” o los políticos “recuperar el país” se hace referencia, a mi parecer, a un elemento común: condiciones mínimas y estabilidad.

Unas políticas que garanticen cierta igualdad de oportunidades es condición necesaria más no suficiente. Independientemente de la orientación política del gobierno de turno, un ambiente donde condiciones mínimas están garantizadas, tiene unas altísimas probabilidades de alcanzar el desarrollo sin tener que estar especialmente “impulsado”. Por condiciones mínimas me refiero a seguridad ciudadana y jurídica, garantía sobre la propiedad privada, baja inflación, predictibilidad en las políticas y leyes, como mínimo. ¿Parece tanto pedir?

Excesivos controles e intervención del Estado llevan a que los individuos coloquen su tiempo en actividades que quizá no sean las más productivas a cambio de un subsidio o en un caso extremo, a cumplir con necesidades básicas o de primera necesidad. Cada minuto invertido en una carpeta para recibir divisas a precio preferencial, en una cola para conseguir leche o dando vueltas para conseguir aceite, es un minuto que se deja de invertir en actividades productivas que generan valor, que generan desarrollo o en descanso y recreación. Por donde se le vea, sacrificamos bienestar.

La inflación, la volatilidad y la incertidumbre tienen un efecto similar en la planificación de la vida de cada individuo y en definitiva, en el país. Nos lleva a pensar el día a día porque el mediano o largo plazo es totalmente incierto…o impredecible. Llegar a condiciones cada vez más precarias significa dedicarle cada vez más horas, esfuerzo, energías y pensamiento a sobrevivir; tiempo que dejamos de dedicarle a cómo progresar.

A veces como Estado la mejor manera de “impulsar” el desarrollo es preocupandose en las cosas más elementales; en simplemente garantizar condiciones mínimas. Desde la sociedad nos encargamos del desarrollo. ¿Es tanto pedir?